Metodologías decoloniales: una apuesta para visibilizar el campesinado como sujeto epistémico[1]
[Versión en español]
Decolonial Methodologies: A Commitment to Make the Peasantry Visible as an Epistemic Subject
Metodologias decoloniais: uma aposta para visibilizar o campesinato como sujeito epistémico
Recibido el 11/04/2025
Aceptado el 16/09/2025
Cómo citarLópez-Galeano, C. M. y Alvarado, S. V. (2026). Metodologías decoloniales: una apuesta para visibilizar el campesinado como sujeto epistémico. Ánfora, 33(61), xx-xx. https://doi.org/10.30854/26hbwt58 |
Claudia Marcela López-Galeano[2] https://orcid.org/0000-0002-8692-1796 CvLAC https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0001493219 Colombia Sara Victoria Alvarado Salgado[3] https://orcid.org/0000-0002-0115-8075 CvLAC https://scienti.minciencias.gov.co/cvlac/visualizador/generarCurriculoCv.do?cod_rh=0000095214 Colombia |
Objetivo: se presenta una reflexión sobre la relación entre metodologías decoloniales y el campesinado como sujeto epistémico, destacando su potencial transformador desde una perspectiva crítica frente al colonialismo, al cuestionar las formas dominantes de hacer ciencia y proponer métodos alternativos construidos a partir del diálogo de saberes y el contemplar comunal. Metodología: la colonialidad, desde autores como Quijano, Mignolo y Maldonado-Torres promueve la creación de patrones de subalternización que definen quién construye el conocimiento y quién lo recibe, sin espacio a la co-creación. Las metodologías decoloniales son la alternativa para deconstruir los cánones instaurados, al romper la relación observador-observado y al promover escenarios de agenciamiento del conocimiento. Resultados: la agroecología, como campo multidimensional, y la soberanía alimentaria, como una apuesta política para la producción de alimentos, son apuestas dentro de las metodologías decoloniales, al reconocer los saberes invisibilizados o extraídos en las comunidades campesinas por el conocimiento hegemónico occidentalizado. Conclusiones: se destaca la necesidad de mantener el desarrollo por nuevas metodologías decoloniales que reconozcan la construcción de conocimientos desde abajo, con los actores sociales, y a partir de la escucha; no solo de sus necesidades, sino también de sus apuestas por el cambio.
Palabras clave: colonial; metodología; método; saber; campesinos (obtenidos del tesauro UNESCO).
Objective: A reflection on the relationship between decolonial methodologies and the peasantry as an epistemic subject, highlighting transformative potential from a critical perspective of colonialism by questioning the dominant ways of conducting science and proposing alternative methods from a dialogue of knowledge and communal contemplation. Methodology: Coloniality from the perspective of authors such as Quijano, Mignolo, and Maldonado-Torres promotes the creation of patterns of subalternization that define who creates and receives knowledge, but without allowing space for co-creation. Decolonial methodologies are an alternative to deconstruct the established canons by breaking the observer-observed relationship and promoting knowledge aggregation scenarios. Results: Agroecology as a multidimensional field, and food sovereignty as a political commitment to food production, are commitments within decolonial methodologies that recognize peasant community knowledge made invisible or extracted by Westernized hegemonic knowledge. Conclusions: Highlights the need to maintain the development of new decolonial methodologies that recognize the creation of knowledge from below, with social actors, and via listening, not only to their needs, but also to their commitment to change.
Keywords: colonial; methodology; method; knowledge; peasants (obtained from the UNESCO thesaurus).
Objetivo: apresenta-se uma reflexão sobre a relação entre metodologias decoloniais e o campesinato como sujeito epistêmico, destacando seu potencial transformador a partir de uma perspectiva crítica frente ao colonialismo, ao questionar as formas dominantes de fazer ciência e propor métodos alternativos construídos com base no diálogo de saberes e no contemplar comunal. Metodologia: a colonialidade, a partir de autores como Quijano, Mignolo e Maldonado-Torres, promove a criação de padrões de subalternização que definem quem constrói o conhecimento e quem o recebe, sem espaço para a co-criação. As metodologias decoloniais configuram-se como alternativa para desconstruir os cânones instaurados, ao romper a relação observador-observado e ao promover cenários de agenciamento do conhecimento. Resultados: a agroecologia, como campo multidimensional, e a soberania alimentar, como uma aposta política para a produção de alimentos, constituem propostas inseridas nas metodologias decoloniais, ao reconhecer os saberes invisibilizados ou extraídos nas comunidades camponesas pelo conhecimento hegemônico ocidentalizado. Conclusões: destaca-se a necessidade de fortalecer o desenvolvimento de novas metodologias decoloniais que reconheçam a construção de conhecimentos a partir de baixo, com os atores sociais e a partir da escuta; não apenas de suas necessidades, mas também de suas apostas por mudança.
Palavras-chave: colonial; metodologia; método; saber; camponeses (obtidos do tesauro UNESCO).
Hablar de neoliberalismo en torno a la producción de conocimiento implica exponer las diferentes formas de colonialidad a las que se han visto sometidos nuestros territorios del Abya Yala y, en especial, las comunidades campesinas. El modelo económico, como una expansión de la modernidad y de la panorámica cartesiana que divide al sujeto/objeto, mito/logos, mente/cuerpo, naturaleza/cultura (Quijano, 2014a), promueve la creación de patrones de jerarquización y subalternización desde la colonialidad del poder, del ser y del saber que definen quién construye el conocimiento y quién lo recibe, sin espacio a la participación o a la co-creación.
La colonialidad del poder fortalece las relaciones de la institucionalidad que dirigen los modelos de educación o investigación (Quijano, 2014a; Horta-Cmhorta, 2019), como los Estados, la academia, las corporaciones o las editoriales, con el fin de promover conocimientos hegemónicos que respondan a las lógicas del capitalismo cognoscitivo para la fetichización de la ciencia como mercancía. En cuanto a la «colonialidad del ser» (Maldonado-Torres, 2007), esta influye en las subjetividades de los sujetos, en sus pensamientos y emociones, y ocasiona la adopción inconsciente del conocimiento producido por la ciencia tradicional, que conlleva la separación de la madre tierra con lo humano y la pérdida de pensamiento crítico. Finalmente, la «colonialidad del saber» (Mignolo, 2006) —en la que se centra este artículo— es una manera de coerción del sistema ciencia/mercancía que reproduce modelos educativos de producción y distribución de conocimiento que descalifican otras formas de conocimientos y saber que permiten comprender el mundo por fuera de la lógica neoliberal, poniendo en juicio la percepción sobre quién es el sujeto de la episteme o para la episteme.
Por lo tanto, las metodologías decoloniales son la alternativa para deconstruir los cánones instaurados por la colonialidad del saber, al romper la relación observador-observado, y al promover escenarios de agenciamiento del conocimiento con y desde las comunidades (Arroyo-Ortega y Alvarado-Alvarado, 2016). Reconocen que el conocimiento es vivo, diverso, dinámico y polimórfico; se teje desde el relacionamiento con las personas, los territorios, y con una gran capacidad de transformación.
En este sentido, la agroecología, como campo multidimensional que busca armonizar prácticas agrícolas con la sostenibilidad de los recursos (Altieri, 2015), y la soberanía alimentaria, como una apuesta política de los territorios para la producción de alimentos, (López-Galeano y Alvarado-Salgado, 2025) son apuestas para las metodologías decoloniales, al reconocer los saberes, reducidos, rechazados, invisibilizados o extraídos de las comunidades campesinas, por el conocimiento hegemónico. Esto implica la necesidad de reivindicar el conocimiento producido por parte de los campesinos, quienes por años han desarrollado sistemas alimentarios que resisten los lineamientos instaurados por los modelos agrocapitalista, los cuales asocian los recursos naturales y los alimentos como mercancías.
A partir de lo anterior, este artículo presenta una investigación teórico-reflexiva con enfoque decolonial, fundamentada en un análisis filosófico-político y sustentada en autores como Quijano, Mignolo, Maldonado-Torres y Corona, entre otros. Su propósito es reflexionar sobre la relación entre metodologías decoloniales y el campesinado como sujeto epistémico, destacando su potencial transformador desde una perspectiva crítica frente al colonialismo, como una forma de producir conocimiento que cuestione las maneras dominantes de hacer ciencia y proponga métodos alternativos construidos desde los diálogos de saberes y el contemplar comunal, entre otras prácticas metodológicas no hegemónicas presentes en comunidades como el campesinado.
Finalmente, el presente artículo se encuentra dividido en tres apartados. En el primero, se exponen algunos fundamentos clave para la apuesta de las metodologías decoloniales. En el segundo, se aborda la figura del campesinado como sujeto para la construcción de conocimiento necesario en el desarrollo de la soberanía alimentaria y la agroecología. Por último, se relacionan las metodologías decoloniales con el campesinado para la sostenibilidad de la soberanía alimentaria y la agroecología.
El giro decolonial surge a mediados de los años noventa como una respuesta crítica a la gestión y producción del conocimiento por parte de estructuras coloniales de poder, gracias a pensadores latinoamericanos como Aníbal Quijano y Walter Mignolo, entre otros. Este giro se sustenta en postulados heredados de autores como José Carlos Mariátegui —quien aborda las relaciones de poder y la cuestión indígena en el Perú y en América Latina en los años veinte del siglo pasado—; José María Arguedas —quien discute el racismo y la discriminación de las lenguas originarias del Perú frente a idiomas distintos del español—; y Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen —quienes proponen el término «colonialismo interno», posteriormente retomado por Quijano— (Quijano, 2014a).
Estos planteamientos desarrollan lecturas sobre cómo la modernidad, en el marco capitalista, está vinculada con la colonización, destacando discusiones en torno al racismo, la explotación económica y el extractivismo como elementos inseparables del sistema-mundo moderno, con el fin de generar una serie de «[…] procesos y prácticas de re-humanización frente a las estructuras materiales y simbólicas que asedian la humanidad, provocadas por la globalización y su construcción de identidades» (Lara, 2015, p. 26).
Dentro de las apuestas del decolonialismo en el ámbito del conocimiento se encuentra la necesidad de replantear las categorías conceptuales con las que se interpreta el mundo y las percepciones en torno al ejercicio de la investigación moderna, la cual tiende a descontextualizar los procesos investigativos y a reproducir la desigualdad y la exclusión entre las comunidades (Avalo, 2023). En este sentido, pensar la construcción de conocimiento con y desde las comunidades implica dejar de lado las jerarquías tradicionales entre el investigador y aquello que es investigado, herencia del proyecto «[…] eurocéntrico, denominado «racional»; […] impuesto y admitido en el conjunto del mundo capitalista, como la única racionalidad válida y como emblema de la modernidad» (Quijano, 2014a, p. 287).
Este cambio solo es posible desde el componente metodológico. El sujeto investigador, dentro de la concepción tradicional, fomenta una relación vertical entre él y lo que es estudiado, lo que genera una serie de límites para precisar lo observado y encasilla el objeto de estudio que, en ocasiones, resulta completamente ajeno al investigador.
La crítica del paradigma europeo de la racionalidad/modernidad es indispensable. Más aún, urgente. Pero es dudoso que el camino consista en la negación simple de todas sus categorías; en la disolución de la realidad en el discurso; en la pura negación de la idea y de la perspectiva de totalidad en el conocimiento. Lejos de esto, es necesario desprenderse de las vinculaciones de la racionalidad/modernidad con la colonialidad, en primer término, y en definitiva con todo poder no constituido en la decisión libre de gentes libres. Es la instrumentalización de la razón por el poder colonial, el primer lugar, lo que produjo paradigmas distorsionados de conocimiento y malogró las promesas libertadoras de la modernidad. La alternativa, en consecuencia, es clara: la destrucción de la colonialidad del poder mundial. (Mignolo, 2010, p. 15).
Tal como lo señala Enrique Dussel (2001), la universalidad epistemológica cartesiana invisibiliza otras racionalidades, por lo que se requiere una crítica radical que desplace al sujeto moderno como centro exclusivo de la producción de conocimiento.
El giro decolonial, como una apuesta teórico-metodológica, busca crear nuevos caminos que estén estrechamente relacionados con la experiencia del investigador o compañero de diálogo (Spyer y Rocha, 2021). El llamado consiste en acoger y desvincular las categorías que tradicionalmente han promovido las colonialidades del saber y del hacer, y generar consensos con las personas o territorios, para que estos, desde la conciencia y la autogestión, puedan elegir su forma de vivir y ser sujetos de agencia, sin medios hegemónicos de coerción.
Co-crear una investigación de tipo decolonial implica, necesariamente, repensar y replantear los significados que las ciencias sociales de corte dominante, cartesiano y eurocéntrico asignan a las categorías o conceptos, los cuales suelen estar cargados de una semántica que desconoce, invisibiliza o subalterniza sujetos, culturas, conocimientos y fenómenos, y con ello niega determinadas realidades[4]. Entre los conceptos que deben ser replanteados se encuentra el uso de términos como «investigador» e «investigación». La palabra «investigación», según Corona (2019) y Ortiz (2022), designa una serie de significados que aborda los «[…] problemas de investigación y sus soluciones, los [cuales] heredamos con los conceptos teóricos» (Corona, 2019, p. 73) enrutados hacia el desarrollo de una ciencia que prioriza la objetividad y busca dejar de lado al sujeto, con el propósito de «[…] que el sujeto desaparezca, que no contamine el entorno, que no muestre su particular sentir o entender» (Corona, 2019, p. 72). Por lo tanto, desde y para las metodologías decoloniales, es necesario reconfigurar o transformar las categorías dominantes heredadas por sistemas que solo legitiman el saber hegemónico producido por el neoliberalismo y la modernidad. Esto con el fin de acoger aquellas categorías que representen de la mejor manera el sentipensamiento de las comunidades, y reconocer la creación de epistemes lideradas, en este caso, por el campesinado.
Como lo señalan Arroyo-Ortega y Alvarado-Alvarado (2016), las nuevas apuestas metodológicas con un enfoque decolonial permiten un acercamiento y reconocimiento de las realidades, además, promueven el agenciamiento para transformar con los sujetos las formas de opresión y subordinación, y co-construir caminos de alteridad para que los resultados obtenidos sean
relevantes para las comunidades y aporten, en alguna medida, dentro de sus mundos y lejos de toda imposición, al considerar que los pueblos […] subalterizados por la sociedad nacional y el sistema político […] tienen todo el derecho de decidir colectivamente lo que es mejor para ellos. (Mendoza-Zapata, 2022, p. 127).
En este sentido, las metodologías decoloniales reconocen la riqueza epistémica construida en territorios históricamente subalternizados por estructuras como el Estado, la academia y otras instancias institucionales que reproducen lógicas colonizadoras instauradas en el neoliberalismo, el desarrollo y la modernidad. Asimismo, reivindican los saberes y las prácticas locales para posicionar un enfoque colaborativo y de co-creación que valida las voces de las comunidades, constituyéndose en una apuesta ético-política orientada a fomentar relaciones horizontales basadas en el respeto y la colaboración.
Esto contrasta con la investigación tradicional, en la que, según Ortiz y Arias (2019), el investigador domina el proceso y prioriza una epistemología que privilegia la relación sujeto-objeto, en la que este último es cosificado, observado y clasificado desde afuera. Una vez presentados estos fundamentos, se aborda al campesinado como sujeto epistémico, con el fin de articular estas bases con las experiencias rurales.
El «campesinado», como concepto, ha sido objeto de interés para diversas disciplinas, como la antropología y la economía, las cuales, desde sus propias lógicas, producen definiciones que les permiten comprender esta categoría. Sin embargo, las concepciones que se tejen en torno a lo que significa ser campesino suelen reducirse a su condición de grupo social o económico, y difícilmente se le reconoce o conceptualiza como sujeto epistémico, lo que incide en la figura subalterna con la que se le identifica y se le reconoce.
El campesinado como grupo social y económico dentro de los marcos de subjetivación subalterna de la colonialidad ―colonialidad del poder (Quijano, 2014b), colonialidad del ser (Maldonado-Torres, 2007) y colonialidad del saber (Mignolo, 2006)—, relacionada con el capitalismo y el neoliberalismo, ha sufrido diferentes procesos de extractivismo epistemológico (Grosfoguel, 2016). La reproducción de la noción sobre el campesinado como un grupo que es pre-moderno, atrasado o resistente al cambio, ha sido el pretexto para imponer modelos de conocimientos instaurados por las lógicas de la modernidad, que establecen relaciones de subordinación en las cuales se pone al campesinado en la base de la producción de conocimiento como el sujeto que debe recibir sin cuestionar y, por lo tanto, legitimar y validar lo que recibe.
En el caso del extractivismo epistémico, los campesinos han sido víctimas de instituciones como el Estado, la academia y las corporaciones ―en este caso, las que controlan la producción de alimentos capitalista (McMichael, 2016; Friedman, 2005, 2016)― en el sentido que expropian sus conocimientos y saberes sobre recursos naturales, sus propiedades o las técnicas de labranza, para luego ser fetichizados o utilizados por el mercado bajo la figura de «capitalismo verde» (Friedmann, 2016). Este promueve sellos como «bio», «orgánico» o «free», pero esconde lo voraz de un sistema diseñado para incentivar el consumo y las marcas, más que el cuidado o la preservación de la madre tierra.
Esto lleva a que, históricamente, los saberes y las epistemes campesinas sean marginadas por las diversas maneras de colonialidad que solo validan los conocimientos capitalistas y urbanocéntricos. Se invisibiliza su rol en la consolidación de procesos como la soberanía alimentaria, que defiende el derecho de los pueblos a establecer las bases de sus propias políticas alimentarias desde principios de dietas autóctonas; y la agroecología, como una disciplina que busca la promoción de técnicas ecológicas y diseñar sistemas agrícolas sostenibles para optimizar el uso de recursos y de energía.
En el caso de la soberanía alimentaria, es necesario comprender que para que esta se politice dentro de los territorios debe ser necesario el reconocimiento de los campesinos y de las campesinas como sujetos epistémicos y políticos; de lo contario, si
se deja al margen de la esencia de la experiencia corporal de mundo, de las formas como la dieta y la culinaria estructuran formas efectivas de intersubjetividad, la experiencia y el destino de esta soberanía se reduciría a una concepción estratégica de la geopolítica de la economía y de la tecnología. (Vargas, 2023, p. 58).
La soberanía alimentaria es un proceso alternativo para «[…] la autodeterminación de los pueblos en la producción, distribución y consumo de alimentos, [que] respeta los saberes locales y las prácticas culturales» (López-Galeano y Alvarado-Salgado, 2025, p. 10). Su principio ontológico parte de los conocimientos y técnicas construidas y sostenidas desde sus propias estrategias territoriales; no solo por los campesinos, sino también por otras comunidades rurales como indígenas o afrodescendientes (en el contexto colombiano, afrocolombianos).
Por esta razón, es necesario reconocer la capacidad de agencia epistémica del campesinado para que, desde sus formas de ver y percibir el mundo y su relación con la producción de alimentos, se generen nuevas apuestas orientadas a frenar las consecuencias negativas de los modelos neoliberales de producción alimentaria, los cuales reproducen formas de conocimiento occidentalizadas que subalternizan a los campesinos, sus modos de vida, y a la propia madre tierra (Dávalos, 2008).
Asimismo, es importante tener presente que, históricamente, los movimientos campesinos en América Latina han demostrado que la producción de alimentos no constituye únicamente una práctica económica, sino también una estrategia política de resistencia y de construcción de mundo, a través de experiencias de autogestión, recuperación de semillas y defensa del territorio.
Por su parte, la agroecología surge en la década de los ochenta como una crítica hacia la revolución verde, práctica «[…] inapropiada para los campesinos y que utilizaba tecnología agroquímica de alto impacto ambiental» (Altieri, 2015, p. 7). La agroecología reivindica las epistemologías campesinas, y acoge conocimientos tradicionales y científicos a través de procesos participativos, como una forma de mantener vivo y situado el conocimiento dentro de los territorios. Esto es clave para rescatar los saberes campesinos y aumentar la resiliencia ecológica de los territorios (Altieri y Nicholls, 2013).
La agroecología, como un marco epistemológico campesino, (Serra y Simões do Carmo, 2012) busca hacer frente a la crisis ambiental, en donde las disciplinas convencionales no han logrado generar estrategias para reinvertir el daño ocasionado por el cambio climático. Para ello,
se faz necessária uma abertura epistemológica capaz de introspectar os saberes camponeses. Esses autores propõem que os agroecólogos devem assumir uma postura de reconhecer que as comunidades tradicionais possuem importantes saberes em relação ao agroecossistema, que a ciência até então não vinha conseguindo incorporar. (Serra y Simões do Carmo, 2012, p. 713).
Reconocer que los campesinos y las campesinas son portadores de saberes y de conocimientos es fundamental para fortalecer procesos alternativos frente a cómo hoy se manejan los sistemas agroalimentarios, como la soberanía alimentaria y la agroecología. Esto no solo cuestiona la hegemonía del conocimiento científico moderno enmarcado en la colonialidad del saber, sino que también abre el horizonte hacia una pluralidad epistémica que rechaza lo homogéneo, y responde a condiciones geográficas, históricas y culturales específicas. Ello implica valorar otros modos de habitar, conocer y de relacionarse con los territorios, así como asumir que no hay una única vía legítima para producir conocimiento.
Los procesos de investigación no se deben remitir a conocer e interpretar las realidades y las experiencias, deben permitir la apertura hacia la agencia del que investiga y de aquellos que acompañan el camino investigativo (Haber, 2011). Las metodologías decoloniales, como alternativa para agenciar, rescatar y reproducir las voces campesinas, permiten priorizar sus saberes, experiencias y formas de vida como fuentes válidas de conocimiento. Estas desafían las narrativas hegemónicas que históricamente han invisibilizado y violentado a estas comunidades, por medio de procesos y disciplinas que fomentan la participación, el diálogo horizontal y la construcción colectiva del conocimiento, como la soberanía alimentaria y la agroecología.
En este sentido, desde el reconocimiento de los saberes vernáculos, en «[…] la intención de ampliar la comprensión del kosmos y su relación con el corpus y la praxis […] se abre la posibilidad de una perspectiva epistemológica más empática y recíproca» (Hernández-Mazas, et al., p. 200). En el marco de metodologías decoloniales, se reconoce al campesinado como agentes epistémicos esenciales para la producción de alimentos y la conservación de los recursos renovables y no renovables. Sus conocimientos, enmarcados en la agroecología y en la soberanía alimentaria, son clave para recuperar los suelos, la biodiversidad, restaurar los ecosistemas (Aya-Rojas, 2024) y para agenciar a las comunidades locales. Allí, la socialización y la participación juegan un papel importante al fomentar dentro del campesinado principios éticos, que permiten el reconocimiento de procesos identitarios vinculados con la solidaridad (Acuña-Rodríguez et al., 2022).
Como se mencionó anteriormente, la investigación en el territorio del Abya Yala es considerada por muchos como un proceso deshumanizante y colonizante que ha causado daño y dolor en la madre tierra y los seres vivos —entre ellos los seres humanos— (Ortiz et al., 2018). Por tanto, este argumento recoge las técnicas y los instrumentos convencionales que se han encargado de reproducir medios de colonización del saber y del poder.
La observación, la encuesta, la entrevista y las múltiples técnicas que se desprenden de las ciencias con criterios científicos para pretender apropiarse del conocimiento del otro, conllevan la certeza de que bien aplicadas nos liberan de engañosas apariencias. Pero sabemos que no es más que un deseo, un «confort metafísico» […], la fantasía de ver, como Dios, sin ser observado. (Corona, 2019, p. 73)
Al partir de lo anterior, las metodologías decoloniales buscan deconstruir las maneras tradicionales en las que se efectúan ejercicios de investigación, entre ellas los diálogos de saberes y el contemplar comunal, para la generación conocimiento de manera horizontal y desde abajo, con las comunidades. En el caso del diálogo de saberes,
no se trata solo de que el conocimiento que proviene de una disciplina pueda articularse con el conocimiento proveniente de otra, generando así nuevos campos del saber en la universidad. Esto es tan solo un aspecto al que probablemente nos llevaría la asimilación del pensamiento complejo, y del cual existen ya ciertas señales, aunque todavía tímidas. Pero el otro aspecto, el más difícil y que todavía no da señales de vida, tiene que ver con la posibilidad de que diferentes formas culturales de conocimiento puedan convivir en el mismo espacio universitario. Diríamos, entonces, que mientras que la primera consecuencia del paradigma del pensamiento complejo sería la flexibilización transdisciplinaria del conocimiento, la segunda sería la transculturización del conocimiento. (Castro-Gómez, 2007, p. 87).
La integración de conocimiento permite la creación de nuevos campos del saber, y la posibilidad de que surjan diferentes formas culturales de conocimiento para que coexistan y dialoguen dentro del mismo espacio. Esto significaría no solo combinar disciplinas, sino también reconocer y valorar perspectivas culturales diversas, como las tradiciones de conocimiento campesino no occidentales, como parte integral del saber universitario.
En este sentido, el diálogo de saberes de tipo multiplural busca romper las jerarquías académicas y científicas coloniales. En este ejercicio prima la escucha de «[…] las otras formas o maneras de interpretar la existencia y tener elementos para analizar y cuestionar los principios y creencias de la propia cultura para abrirse a una visión más enriquecedora y abarcadora de la realidad» (Gueijman, 2018, p. 214). Así, a partir de la participación de diferentes actores, en este caso, comunidad campesina, y con diversas miradas, se pueden crear y apropiar nuevos conocimientos que ayuden a atender diferentes problemáticas dentro de un territorio. Esto permite desarrollar un diálogo horizontal que busque decolonizar lo colonizado (Rivas et al., 2020).
Este ejercicio busca validar y reconocer cada palabra, cada sentido semántico resultado de la experiencia cotidiana que se desarrolla dentro de las comunidades, para poder identificar colectivamente qué les afecta o les hace daño, y posteriormente crear medios que puedan dar solución a sus problemas a través de la generación de conocimientos comunitarios que respondan a sus necesidades sentidas y reales. Es importante tener presente que esta forma de diálogo se genera en espacios de respeto para reconocer la alteridad; en donde todos los participantes tienen el mismo rol.
Por su parte, el «contemplar comunal» es definido por Ortiz y Arias (2019) como el
sentir-escuchar-vivenciar-observar decolonial, un escuchar-percibir-observar colectivo, en el que el mediador decolonial no es el único que contempla, sino que se deja observar observando. Es un contemplar cooperativo, en el que todos y cada uno de los actores decoloniales contempla al otro y se contempla a sí mismo. (p. 157).
El «contemplar comunal» responde a la necesidad de romper las maneras en cómo hoy se percibe y se construye el conocimiento, desde una lógica que da prioridad a los discursos de las ciencias y de la academia, y que calla las voces de las comunidades e instrumentaliza sus recursos, saberes y experiencias. Asimismo, busca construir el conocimiento en comunidad, escuchando y respetando las formas de sentir y de percibir las realidades. Un desafío que busca romper con los enfoques coloniales/eurocéntricos/hegemónicos que sitúan al investigador como un simple observante, ajeno y lejano a los discursos de las comunidades intervenidas, y que reproducen mecanismos de subalternidad. «No es solo el mediador observando a todos, sino ellos observando al mediador y observándose unos a otros. El “investigador” es “investigado”. No es el ‘investigador’ observando, analizando e interpretando lo que hacen “los otros”» (Ortiz, 2022, p. 23), Así, se transforma la verticalidad del conocimiento tradicional hacia una concepción horizontal y recíproca, en donde los procesos investigativos se convierten en escenarios de participación, colaboración, escucha y acción colectiva.
En este sentido, el contemplar comunal se articula con la soberanía alimentaria al reconocer que la producción y el cuidado de los alimentos no son solo procesos materiales, sino también experiencias colectivas de conocimiento y acción política en comunidad.
Este enfoque metodológico, a través del diálogo y el contemplar, busca superar la «colonialidad del saber», que ha privilegiado las epistemologías occidentales sobre otras formas de conocimiento. En este sentido, las apuestas decoloniales reconocen los procesos alternativos y políticos que se desarrollan dentro de la soberanía alimentaria, como una forma de resistencia y re(existencia) hacia la manera en cómo hoy se producen los alimentos dentro del contexto neoliberal (López-Galeano y Alvarado-Salgado, 2025). Estas propuestas visibilizan los saberes que, durante años, han agenciado las comunidades campesinas, incorporando prácticas de vida como la siembra y el cuidado de plantas, las cuales permiten decolonizar el pensamiento hegemónico (Arcia-Grajales et al., 2025), minimizar los daños ocasionados a la madre tierra debido a la producción de alimentos agroneoliberal, y desarrollar procesos con mayor eficiencia energética en los sistemas alimentarios para la reducción de la huella de carbono. Asimismo, reconocen que la elección de los alimentos constituye también un principio político (García, 2019) y promueven el consumo de productos sembrados in situ y el uso de insumos orgánicos elaborados en los propios territorios.
Para ello son importantes los procesos de asociación en donde primen las relaciones horizontales y orgánicas. Y así, desde lo común (identidad), se generen acciones colaborativas para la promoción y el desarrollo de la soberanía alimentaria.
En el caso de la agroecología, las metodologías decoloniales, a partir de los diálogos de saberes (Sotiru, 2023), promueven la generación de conocimiento entre la academia y las comunidades desde una perspectiva que rompe con la noción observador-observado y con la dicotomía sujeto-objeto (Moreno y Corral, 2019). Esto se materializa en el desarrollo de espacios que fomentan el contemplar y la participación activa de los miembros de las comunidades, donde adquieren relevancia la memoria, la oralidad y la escucha, entre otras prácticas metodológicas no hegemónicas (Rivera, 2012), orientadas a la recuperación de epistemes subvaloradas y expropiadas por la ciencia tradicional.
La soberanía alimentaria y la agroecología, como apuestas hacia la transformación de los sistemas alimentarios neoliberales, no son ajenas entre sí, promocionan la producción de alimentos locales, protegen los recursos ―semillas, agua y suelo― y buscan justicia social, cultural y epistémica. Esta convergencia denota una construcción participativa en la generación de conocimiento, donde las comunidades campesinas son protagonistas activas en la creación de saberes que reflejan sus realidades y necesidades. Al unir estas perspectivas, se fortalece una visión holística que no solo busca mejorar la producción y distribución de alimentos, sino también generar principios de autogestión en las comunidades para que sean dueñas de sus propios sistemas alimentarios, y se garantice un futuro más sostenible y equitativo al comprender que el conocimiento promueve el agenciamiento.
La discusión de los planteamientos desarrollados en este artículo permite comprender que las metodologías decoloniales constituyen una vía crítica para cuestionar la colonialidad del saber y, al mismo tiempo, reconocer el papel epistémico del campesinado en la construcción de soberanía alimentaria y agroecología. El rol que asumen los compañeros de diálogo dentro de las metodologías decoloniales surge desde un posicionamiento sentipensante, orientado a la necesidad de estar y compartir con el otro, al reconocerlo como su alterno y como un actor con capacidades para la transformación y el cambio de los contextos rurales; particularmente de los sistemas agroalimentarios neoliberales. Esto implica la expansión de las subjetividades y de las capacidades de agencia, enmarcadas en los procesos de soberanía alimentaria y agroecología, para dar paso a la solidaridad entre las comunidades campesinas y la madre tierra. De este modo, se establecen alternativas frente a las formas actuales de producción de alimentos y a las relaciones que se tejen en torno a ellos, las cuales se encuentran subalternizadas por los modos de colonialidad presentes en los territorios campesinos latinoamericanos.
Asimismo, es importante reconocer que los procesos de agencia de las comunidades campesinas promueven la participación activa y el desarrollo de prácticas orientadas al cuidado de la madre tierra y la crítica hacia la colonialidad, para dar origen a sujetos políticos y sociales que abogan por la igualdad, la defensa de la vida, la alimentación consciente y la libertad. Estas apuestas se desarrollan en espacios que fomentan el contemplar comunal y el diálogo de saberes, con el fin de desterritorializar prácticas convencionales y hegemónicas que invisibilizan los saberes vernáculos y las propuestas del campesinado como sujeto epistémico. De este modo, se busca deconstruir narrativas y discursos dominantes, reconociendo la importancia de la investigación horizontal y de las experiencias como medios para la construcción del conocimiento.
La relación entre las diversas metodologías decoloniales y el campesinado como sujeto epistémico se articula a partir de la crítica a la colonialidad del saber y del hacer, la cual extrae los conocimientos construidos por los campesinos gracias a su relación con la madre tierra y con el otro, en un ejercicio de alteridad. Asimismo, se configura desde la puesta en práctica de propuestas no hegemónicas vinculadas a la producción de alimentos, como la soberanía alimentaria y la agroecología, y desde la denuncia de los mecanismos de invalidación que reducen sus saberes a mitos, creencias o tradiciones y que perpetúan así la invisibilización del saber campesino.
En este sentido, las metodologías decoloniales son fundamentales para reivindicar las formas de conocimiento campesino, arraigadas en el diálogo de saberes y el contemplar comunal. Estas son alternas a las epistemologías occidentalizadas, en donde se destaca el potencial transformador que permite el desarrollo de procesos como la soberanía alimentaria y la agroecología, los cuales se enriquecen gracias a las experiencias y saberes del campesinado —y demás agentes rurales como los indígenas y los afrocolombianos—. De este modo se logra la sostenibilidad energética, ambiental, económica y social en los procesos en la producción de alimentos, desde el cuidado de los recursos, la promoción del consumo de alimentos producidos in situ, la generación de insumos a partir del manejo de material orgánico, entre otras prácticas vivas en los campesinos y en sus comunidades.
Finalmente, se destaca la necesidad de mantener el desarrollo de nuevas metodologías decoloniales que reconozcan la construcción de conocimientos con los actores sociales, a partir de la escucha de sus necesidades y apuestas por el cambio, reconociendo su capacidad de agenciamiento, autogestión, pensamiento crítico y transformación.
El objetivo de este artículo fue reflexionar sobre la relación entre metodologías decoloniales y el campesinado como sujeto epistémico, destacando su potencial transformador desde una perspectiva crítica frente al colonialismo. A lo largo del texto se mostró que estas metodologías, al cuestionar la relación vertical entre observador y observado, permiten reconocer al campesinado como productor legítimo de conocimiento y no solo como receptor pasivo de saberes externos. En este sentido, la incorporación de metodologías decoloniales posibilita ampliar los horizontes de producción de conocimiento hacia prácticas horizontales, participativas y situadas, que fortalecen la agencia campesina y reivindican sus epistemes históricamente subalternizadas. Este enfoque no solo democratiza la ciencia, sino que también abre caminos de resistencia y re(existencia) frente a los modelos agrocapitalistas. Finalmente, se plantea que futuras investigaciones podrían profundizar en experiencias concretas de comunidades rurales —campesinas, indígenas y afrodescendientes—, para seguir construyendo comparativamente alternativas epistémicas y metodológicas en clave decolonial que fortalezcan la soberanía alimentaria y el Buen Vivir en América Latina.
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[1] Este artículo es producto del trabajo de investigación doctoral denominado: Explorando la capacidad de agencia en niños, niñas y jóvenes campesinos y neocampesinos en el contexto de la soberanía alimentaria como una práctica de subjetividad política en medio del buen vivir, en el marco del Doctorado en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud de la Universidad de Manizales y el CINDE. Grupos de investigación Desarrollo Rural y Educaciones Rurales (Uniagraria y Cinde) y Perspectivas Políticas, Éticas y Morales de la Niñez y la Juventud (Universidad de Manizales y Cinde). Financiación: no contó con financiación. Declaración de intereses: las autoras declaran que no existe conflicto de intereses. Disponibilidad de datos: todos los datos se encuentran en el artículo.
[2] Candidata a Doctora en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Universidad de Manizales - CINDE. Correo electrónico: clalopg.27@gmail.com
[3] Postdoctora en Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. Universidad de Manizales - CINDE. Correo electrónico: salvarado@cinde.org.com
[4] Es clave diferenciar entre «episteme» (conocimiento sistemático validado) y «doxa» (opinión común), así como entre «saber» (formas situadas de comprender el mundo) y «conocimiento» (estructuras formalizadas por la academia). Estas distinciones fortalecen el debate decolonial.
López Galeano, C. et al., (2026). Metodologías decoloniales: una apuesta para visibilizar el campesinado como sujeto epistémico. Ánfora, 33(61), 126-145.